Un refugio entre ritmos tropicales; “hasta que la sororidad se haga costumbre”

En una actividad donde el público está acostumbrado a esa voz fuerte para hacer bailar y presentar al barrio, Marisol Mendoza, La Musa Mayor, hace que la gente disfrute su propia fiesta. El ritmo del teclado, el acordeón y las notas tropicales la impulsaron, desde hace casi siete años, a crear el colectivo Musas Sonideras para valorar el gusto por la música y la cultura sonidera entre mujeres, con todo y pesares o historias, donde el machismo y la violencia prevalecen.

El respeto y la admiración de las integrantes entre 22 y 63 años ha sido la fórmula para ganar terreno. En 2015 nació el proyecto con alrededor de 17 sonideras; ahora son más de 40 en México, las periferias y Estados Unidos.

La fundadora, quien siguió los pasos de su padre, Sonido Duende, narra a Excélsior su trabajo por generar empatía, así como las vicisitudes a las que se han enfrentado: “hasta que la sororidad se haga costumbre”, como su eslogan lo dice.

Así buscan visibilizarse y vencer el miedo a ser escuchadas musicalmente, pero también socialmente.

Apoyando mujeres

“Un evento coqueto para el Día del Padre” fue una invitación que recibieron para tocar, pero también enfrentaron una decepción; al llegar al espacio donde tendrían un público por primera vez todo fue una mentira, la persona que las invitó no les abrió, las bloqueó y jamás respondió sus llamadas.

Aquel día no fue un fracaso, tiempo después, el salón Candela les abrió las puertas para agarrar fuerza como colectivo, pero sobre todo como mujeres sonideras. Comenzaron sus primeras tocadas cada miércoles en avenida México-Tenochtitlán 10, en la Tabacalera, desde Iztapalapa, Azcapotzalco, Nezahualcóyotl, Ecatepec y otros barrios llegaron a demostrar su propio estilo. Y no fue nada sencillo, el público estaba acostumbrado a sólo escuchar esa voz poderosa, la de un hombre.

“En este ambiente se queda quien se aferra. Nos mandaban a lavar los trastes. Nos criticaron por ser gordas, chaparras, feas, sin talento; si llegábamos con zapatillas, no nos creían capaces de cargar un bafle. Nos chiflaban, era muy triste”, cuenta Marisol.

Llegar a hacer unidad, también ha sido difícil, pero tras un arduo trabajo han aprendido que las colectivas no se romantizan porque si bien, “a veces hay violencia contra las mujeres, también hay violencia entre las mujeres” y ha aprendido a ser solidaria.

“Somos una lucha social en pro de nuestra chamba, de nuestro pago digno y visibilidad digna, que no nos vean como que tiene que ser bonita quien pise un escenario, además de ganar un nombre para que no nos vean como ‘la hija del sonidero, ‘la esposa del sonidero’”.

Un desahogo

Más de una se ha refugiado en este oficio y en la música tropical por la violencia que viven o porque tienen que sacar adelante a su familia, pero siempre, han encontrado el confort en aquellos ritmos que no sólo alegran públicos sino su alma.

La música ha sido un escape para sus sentimientos, pensamientos e incluso dolencias. Han aprendido a volver a creer en ellas mismas, pues “después de ganar tu propia confianza, puedes invitar al público a tu espacio, a tu música, a tu fiesta”, considera Marisol.

“Es como ese paracetamol que te calma el dolor, te calma las penas y te refugia de las violencias, porque todo el tiempo te están juzgando, calificando o descalificando”.

En ese vivir diario buscan generar un espacio seguro, donde sea valorado su esfuerzo, su experiencia y su conocimiento barrial y técnico para hacer comunidad.

Al ritmo del Reo Ausente, la canción que nunca debe faltar, han llegado con alegría a los reclusorios de Santa Martha y el Oriente donde también han recibido abucheos, pero su confianza ha tocado el corazón de la población más difícil.

UNIÓN EN PANDEMIA

“No sólo fue compartir música y chamba, sino un compartir más humano”.

A pesar de que la pandemia echó abajo sus proyectos musicales, la Musa Mayor, considera que fue una pausa para respirar y tomar impulso.

Durante ese tiempo, a través de redes sociales, el colectivo de mujeres emprendió tocadas para que el público no dejara de escuchar y disfrutar, incluso tomando de escenario su propia casa. Las colectas no se hicieron esperar para solidarizarse ante la enfermedad que algunas padecieron o vivieron pérdidas.

“Todo se vale, desde una palabra de aliento, un mensaje o hasta dedicarnos canciones para confortarnos”.

Las redes sociales fueron una plataforma para impulsar el trabajo, desahogarse del encierro y confirmar que “si ven a una, ven a todas”, pues si se conectaba una, la otra comentaba, mientras que una más compartía, así sostuvieron esa red sorora.

Mensajes con ritmo

Para Marisol la música no sólo es bailar. Está en todas partes, es indispensable, pues la vida sin sonido no es vida; con ella se dan y reciben mensajes para continuar en el camino.

“En la vida yo he sufrido y he llorado, nadie conoce mis penas como yo y vienen a criticarme mi pasado como si ellos vivieran de lo mejor”, con La Envidia a ritmo de salsa, Marisol comparte lo que significa la vida, pues mientras unos las critican o abuchean, siguen de pie.

Deja claro que las mujeres son para aprender unas de otras y dejar el coraje por lo que es o hace la de al lado “eso es hacer unión”, asegura.

“Todas estamos rotas, hemos tratado de curarnos y sanarnos unas a otras, por lo que hay que trabajar hasta que la sororidad se haga costumbre”.

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